BLOG DE JAIME PINTO ROJAS http://jaimepinto.espacioblog.com “Algunos dicen que somos locos porque soñamos siempre lo mismo. Palabras necias, oídos sordos, más vale locos que mal nacidos” T. Parodi es-es Fotografía the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com SE ACABA ESTE BLOG... NOS VEMOS EN www.loboestepario.cl http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2009/05/30/se-acaba-este-blog 2009-05-30T03:23:04+00:00 NOS VEMOS EN WWW.LOBOESTEPARIO.CL

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Represión de Carabineros de Chile contra una comunidad mapuche que hace un acto de recuperación de tierras ancestrales ocupadas por compañías forestales propiedad de los principales grupos económicos chilenos. http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2008/01/17/represiain-carabineros-chile-contra-comunidad-mapuche 2008-01-17T22:34:31+00:00 ]]> http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2008/01/17/represiain-carabineros-chile-contra-comunidad-mapuche#comentarios ESTE ES EL ASESINO DE VICTOR JARA http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2007/07/12/este-es-asesino-victor-jara 2007-07-12T16:46:54+00:00 ]]> http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2007/07/12/este-es-asesino-victor-jara#comentarios Sin palabras http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/08/30/sin-palabras 2006-08-30T16:42:27+00:00 http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/08/30/sin-palabras#comentarios HOMBRE PRESO QUE MIRA A SU HIJO http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/08/24/hombre-preso-mira-su-hijo 2006-08-24T20:19:16+00:00 al "viejo" hache

Cuando era como vos me enseñaron los viejos
y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quién se le ocurría en un país
donde los presidentes andaban sin capangas
que la patria o la tumba era otro pleonasmo
ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos

realmente botija no sabian un corno
pobrecitos creían que libertad
era tan sólo una palabra aguda
que muerte era tan sólo grave o llana
y cárceles por suerte una palabra esdrújula

olvidaban poner el acento en el hombre

la culpa no era exactamente de ellos
sino de otros más duros y siniestros
y éstos sí
cómo nos ensartaron
con la limpia república verbal
cómo idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros

y cómo nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles

uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirándote y echándote
de menos

por eso es que no puedo despeinarte el jopo
ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos

vos sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio

y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías

y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre

botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides

por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones

todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre

pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar

que tu viejo olvidó todos los números
(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos

y las calles y el color de los ojos
y los cabellos y las cicatrices
y en qué esquina
en qué bar
qué parada
qué casa

y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar
una cosa es morirse de dolor
y otra cosas morirse de verguenza

por eso ahora
me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder

uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere

llora nomás botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos

gritamos berreamos moqueamos chillamos
maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse

llora
pero no olvides

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Entrevista a Joan Jara http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/08/16/entrevista-joan-jara 2006-08-16T15:59:18+00:00 Por David Ponce.
Publicado en El Mercurio /Marzo 2001

Dos de las canciones más universales de Víctor Jara, "Te recuerdo Amanda" (1968) y "Paloma quiero contarte" (1961), fueron escritas muy lejos de casa, durante sendas giras por Europa que realizó el cantante. La primera está dedicada a una de sus hijas, y la segunda a su mujer, la bailarina y coreógrafa Joan Jara, quien hoy recuerda parte de esa historia hecha de música, teatro, poesía y compromiso político.

- A propósito de esas dos canciones, el viaje parece haber sido siempre importante para Víctor Jara...

Son dos canciones con muchas emociones, pero la característica absoluta de sus obras es que salen de su propia vida. Y su vida eran viajes dentro y fuera de Chile, buscando a la gente que quería interpretar. El empezó ligado a la investigación del folclor, y a todos los personajes de sus canciones él los encontró, habló con ellos.

- ¿Le costaba quedarse quieto?

Hubo mucha motivación de explorar. Me acuerdo que para "La remolienda" (montaje de la obra de Alejandro Sieveking que Víctor Jara dirigió en 1964 ) hicimos un viaje juntos por el interior, al sur, en Cunco, investigando los detalles de las casas, la gente. Y en la música era igual.

- Hay al menos dos viajes que ustedes hicieron juntos fuera de Chile: uno a Londres (1968) y otro a La Habana (1972).

El viaje a Londres fue fantástico porque recién había renunciado al ballet y estaba libre. Lo de La Habana parece que eran las vacaciones de verano. Y además estábamos invitados. Normalmente no podía viajar con Víctor porque los dos trabajábamos en distintas áreas y esa vez volvimos a separarnos. Yo me quedé en La Habana haciendo clases mientras él viajaba por el interior.

- En su libro "Víctor Jara, un canto truncado", usted consigna que Víctor Jara a menudo era percibido como solitario y reservado.

Eso es súper contradictorio. Cuando escucho a la gente hablar de su primera impresión de Víctor, siempre es distinta. Algunos lo encontraban muy reservado, otros huraño y para otros era exuberante, lleno de alegría... Dependía de las circunstancias. Cuando Víctor se concentraba se metía adentro; y cuando dirigía teatro, al revés de muchos directores, también era bastante introvertido, intervenía de una manera íntima con los actores.

- ¿Mucha más gente logró atravesar esa frontera?

Víctor tenía grandes amigos, pero nuestra vida social era cada vez más reducida. Había tal aceleración por la cantidad de trabajo en la que nos metimos, que mucha gente conocía a Víctor pero normalmente era una relación de trabajo. Sus amigos íntimos los tenía desde más joven: Nelson Villagra, Alejandro (Sieveking) y la Bélgica (Castro)....

- En el libro usted menciona la vestimenta poco convencional de Víctor Jara, y Horacio Salinas, el director de Inti-Illimani, lo recordaba hace un tiempo vestido de negro, de un modo llamativo, y lo atribuía a sus visitas a Londres...

Ah, ésa era la parte frívola, sonríe. Víctor se metía mucho en los ambientes donde estaba, y cuando volvió de Londres, imagínate, Carnaby Street, el swinging London y todo, me acuerdo que volvió bien exótico.

- En unas fotos con Inti-Illimani, en una micro, aparece con anteojos oscuros. Casi parece un cantante de rock.

Ah, claro. Pero era más raro antes de que la costumbre del pelo largo llegara a Chile. Me acuerdo que en la calle nos hacían tallas unas viejas, porque yo andaba con un pantalón y no muy bien arreglada, y Víctor con el pelo largo para la época, aunque no era para nada hippie. Ahora lo encontraría corto.

- ¿No compartían ese rechazo hacia el movimiento hippie que era común entre la gente con ideas de izquierda?

No, para nada. Le interesaba todo muchísimo. Le encantaban los Beatles, junto con la Manuela (su hija mayor), que tenía como once o doce años. Pero al mismo tiempo le abrumaba toda esta cosa del consumo, la publicidad que había en torno a eso.

- Tenía una opinión crítica sobre el uso de drogas, pero respecto del amor libre era al revés: celebraba el ambiente de libertad que se vivía en Europa. ¿Influyó el haber sido censurados en Chile con la canción "La beata", en 1966?

Odiaba las drogas, encontraba que anulaba a la gente y le daba mucha pena, pero sí le gustaba la libertad que había afuera... a pesar de que, yo diría, era bastante monacal....

- ¿Monacal?

No, no monacal, sonríe. Monógamo. O, por lo menos, con una a la vez. A pesar de que podía tener bastantes tentaciones. Pero no le gustaba la pacatería.

- El grabó con los Blops, un grupo que aprendió a tocar con los Rolling Stones o Cream.

Eso también era aventura, y Víctor era sobre todo aventurero, artísticamente inquieto. Le gustaban mucho los Blops, era gente joven que acababa de hacer "Los momentos", una canción muy especial, y se trataba de ensanchar las fronteras y experimentar. En el folclor hacía lo mismo.

- ¿Alguna vez tocó la guitarra eléctrica?

No sé si pescó una de los Blops para tocar, pero no tenía una guitarra eléctrica. Él no la habría elegido para tocar.

- ¿Hubo una contradicción entre la militancia política y la popularidad que empezó a tener?

Eso pasa después del Primer Festival de la Nueva Canción (1969), cuando la Nueva Canción Chilena irrumpió en los medios de comunicación. Pero en esa época todo era mucho más artesanal. Nosotros no tuvimos una tele sino hasta como el año '68. Él hacía recitales, pero tampoco era una gran fama. La Nueva Ola sí era una cosa comercial, apoyada por los sellos.

- Toda la gente que trabajó con él - Quilapayún, Inti-Illimani, los Blops- era más joven. ¿Cuáles habían sido los maestros del propio Víctor Jara?

Bueno, su ejemplo era un hombre de la población (Los Nogales, donde vivió al llegar a Santiago). Son ejemplos más que maestros. Violeta (Parra) lo estimulaba mucho. Es que, ¿quiénes son los maestros del folclor? Es una cosa que nace, gente que canta su vida. Víctor había estudiado teatro, pero en el canto era autodidacta, instintivo.

- En el último de los discos hay unos arreglos inéditos de Mariano Casanova, que es un pianista de jazz, y además quedó inconclusa la obra "Los siete estados", con Celso Garrido Lecca...

Eso daba una pista de lo que estaba haciendo él. Aprendió mucho de Celso. Víctor nunca había estudiado composición ni armonía, y tenía un conflicto: pensaba que si se ponía a estudiar iba a perder todo el instinto.

- ¿No era sorprendente ver cada vez que Víctor Jara hacía una canción nueva?

Yo estaba acostumbrada, porque tocaba canciones todo el tiempo, sonríe. Componía y componía: en realidad yo escuchaba el proceso. Era emocionante, obviamente, escuchar unas más que otras. Como "Luchín", piensa. O "Manifiesto", que es una canción que me conmueve mucho. Fue muy terrible escucharla por primera vez.

- Porque sabía que era una especie de despedida.

Claro.

Víctor Jara cantó por primera vez "Manifiesto" a Joan Jara en agosto de 1973, cuando la familia pasaba unos últimos días en Isla Negra. Al mes próximo, en la mañana del 11 de septiembre, el cantante sería detenido, torturado y asesinado por militares en los días siguientes en el Estadio Chile, sin fecha ni hechores determinados.

Allí arranca la dolorosa reconstrucción de su historia que Joan Jara prensó en la biografía "Víctor Jara, un canto truncado". Pero aun hoy, cuando Víctor Jara tendría 65 años, es tiempo de nuevos hallazgos para esa memoria.

Algunas de estas canciones son sorpresivas porque se habían perdido, dice Joan Jara, hurgando entre los discos y carátulas para encontrar un título. Como "Se me ha escapado un suspiro"... Hacía tantos años que quería escucharla de nuevo, confiesa como quien acuna un pequeño tesoro.

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Las manos de Víctor Jara . Joan Turner http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/08/09/las-manos-victor-jara-joan-turner 2006-08-09T16:06:21+00:00 Me acuerdo perfectamente de la primera vez que las manos de Víctor tocaron las mías. Fue un momento decisivo para ambos, que determinó un cambio en nuestra relación y el comienzo de largos años de felicidad -una felicidad que no todo el mundo tiene la suerte de conocer- una felicidad de la cual se tiene plena conciencia, en que lo único que se teme es que sea demasiado perfecta como para que dure eternamente. Ella terminó para siempre el 11 de septiembre de 1973.

Estábamos en el Parque Forestal de Santiago. Era en noviembre, una tibia noche de primavera; comenzaba la Primera Feria de Artes Plásticas, a orillas del Mapocho: la primera exposición de arte al aire libre que se hacía en Santiago. Había pinturas por todas partes, esculturas, grabados, artesanía, cerámicas. Buenas, malas y regulares. Había stands con mariposas, ángeles y flores de Rari, hechos con crin de vivos colores; chanchitos y guitarreros de Quinchamalí, de greda negra brillante, decorados con un fino trazo de flores blancas; ponchos y frazadas venidos del norte y del sur. El aire estaba saturado de olores a carbón quemado y humeante, del aroma de las cebollas que venía de los stands donde vendían vino y empanadas; del humo de las chimeneas de los buquecitos de latón blanco, puestos bamboleantes de maní tostado y confitado. Había una muchedumbre, e innumerables niños a pesar de la hora avanzada. El suelo era áspero y polvoriento, y con el alumbrado tan irregular era fácil caer en hoyos que uno no se esperaba. Allí vi por primera vez a Violeta Parra, sentada en un transatlántico, rodeada de sus tapicerías, de sus hijos y de sus instrumentos musicales. Alguien tocaba la guitarra muy cerca. A la luz de las ampolletas desnudas colgadas de los árboles, los tapices de Violeta brillaban con vida propia.

Víctor la saludó, bromeó con ella mientras pasábamos, y fue cuando nos alejábamos del ruido, de las luces y de la gente de la exposición, bajo los grandes árboles del parque, que Víctor tomó mi mano, y comprendimos que allí terminaba nuestra soledad.

Una de las primeras conversaciones que tuvimos fue en mi departamento de la calle Seminario, sobre el antiguo convento. Las ramas del viejo cedro que crecía abajo, en el patio, sombreaban las ventanas, y a través de ellas veíamos aparecer las luces en la cumbre del Cerro San Cristóbal y el cielo límpido de la tarde de Santiago. Víctor era alumno de la escuela de Teatro. Yo era bailarina y profesora. Hablamos de eukinética, del tacto como medio de comunicación y como expresión del carácter humano, de lo que hay de específico en la forma como la gente toca a los demás, a los objetos que la rodean, en la forma como palpa el aire mismo; del paso de un hombre o de un mujer, que es también un aspecto del tacto (¿Por qué algunos pies maltratan los zapatos, arruinándolos, dejándolos deformes, mientras que otros tienen una pisada liviana y dejan su envoltura intacta?). Hablamos de cuán esenciales son para todo artista que se sirve del cuerpo humano como instrumento expresivo, la sensibilidad y la conciencia de todos estos factores; pero también para los demás seres humanos, porque les da un sentimiento más rico de la comunicación con sus semejantes y con el mundo que los rodea.

La palma de las manos de Víctor es ancha, casi cuadrada. Sus dedos son largos y ágiles, y él sabe juntarlos curvándolos, como las bailarinas hindúes. Sus manos son callosas, pero flexibles y expresivas; las uñas cortas y redondeadas, muy frágiles; el tacto leve y delicado, pero cálido y firme; con él Víctor puede expresar el amor y la ternura. Su tacto me enseñó a derribar mis alambradas, a relajarme, a ser feliz siendo yo misma, porque él me ama y me necesita con todos mis defectos.

En muchas de sus canciones Víctor utilizó el símbolo de la mano humana para expresar sus sentimientos y sus ideas. En una de las más antiguas, escrita en el curso de nuestros primeros años juntos, él dice:

Yo no creo en nada
sino en el calor de tu mano con mi mano,
por eso quiero gritar
no creo en nada
sino en el amor de los seres humanos ...

Es una canción con recuerdos de su propia infancia, visión de la pobreza sórdida, entre un padre borracho y una madre que se mató trabajando. No había dinero para comida, pero sus padres adquirían sin cesar cirios para comprar la suerte ante las imágenes de los santos.

Las manos de Víctor eran hábiles no sólo para tocar su guitarra. Era el papi a quien las niñas esperaban cuando había una astilla que desenterrar o una herida que curar, porque sus manos eran seguras y suaves y el dolor era menor bajo su contacto.

En su infancia, Víctor aprendió lo que es el trabajo con las manos, supo cuánto tiempo entraba, de labor y de la vida, en un campo labrado, la rueda o el yugo de un arado, en una marmita de greda. Sus únicos bienes preciosos, fuera de su guitarra, eran objetos fabricados por las manos del pueblo que él amaba y cuyos sufrimientos y luchas eran los suyos: una copa de madera rústica, que los araucanos habían usado durante años para sus alimentos; frazadas y ponchos tejidos por los campesinos durante los meses de invierno, al término de la cosecha; un lazo de cuero trenzado gastado por el uso.

El lazo dio origen a una canción dedicada al anciano que lo hizo, un viejo que vivió toda su vida en el pueblecito donde Víctor pasó una parte de su infancia: Lonquén. Está enclavado en las colinas al suroeste de Santiago, cerca de la gran ciudad, pero completamente alejado de ella. En la canción de Víctor las manos del anciano se transforman en un símbolo de vida y de trabajo duro:

Sus manos siendo tan viejas
eran fuertes para trenzar,
eran rudas y eran tiernas
como el cuero del animal.
El lazo como serpiente
se enroscaba en el nogal
y en cada lazo la huella
de su vida y de su pan.
Cuánto tiempo hay en sus manos
y en su apagado mirar
y nadie ha dicho -está bueno,
ya no debes trabajar.

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EL COMBATE EN QUE MURIÓ MIGUEL HENRÍQUEZ http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/01/24/el-combate-que-murio-miguel-henriquez 2006-01-24T14:24:08+00:00 Relatado a Gabriel Garcìa Márquez por Carmen Castillo)

Publicado en Alternativa, N° 28, Bogotá, Abril de 1975.
Teníamos todo listo para cambiarnos de casa el lunes siguiente hacia un lugar más seguro, cuando los agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) nos cayeron por sorpresa y mataron a Miguel. Aunque parezca extraño, ése fue el único sobresalto doméstico que tuvimos en tantos meses de clandestinidad después del golpe, pues Miguel había descubierto que no hay mejor escondite que la vida cotidiana, de modo que llevábamos una existencia normal, consagrada al intenso trabajo político que nos había encomendado el partido.

Era una casa grande, con una sala, dos dormitorios, un cuarto arreglado como estudio y un pequeño patio con un cuartito al fondo donde guardábamos las armas. El barrio era muy agradable, una mezcla entre obreros especializados y burguesía media, muy simpáticos y amables y nadie hubiera podido imaginarse que Miguel era en aquel momento el hombre más buscado por la dictadura de Chile. No podían imaginárselo, precisamente porque nunca nos escondimos. Al principio, cuando llegamos, habíamos explicado a los vecinos que Miguel trabajaba en casa porque estaba enfermo de los riñones. Yo salía todos los días a la hora en que todas las amas de casa hacen las compras y entonces aprovechaba para hacer los contactos y recoger el material de información que nos llegaba de todos los niveles del partido.

Durante varios meses vivieron con nosotros las dos niñas de Miguel, que se llamaban Jimena y camila; y a quienes habíamos enseñado a tratarnos de un modo en que nunca supieran quiénes éramos en la realidad. Por fortuna pocos días antes de la muerte de Miguel, habíamos tomado la precaución de asilarlas en una embajada para que salieran del país. Entonces yo estaba encinta de seis meses y eso fue un detalle más de naturalidad, porque no es fácil sospechar que una mujer embarazada esté haciendo un trabajo político tan intenso y arriesgado. Lo único que Miguel hizo fue afeitarse el bigote, rizarse el pelo y llevar unos lentes de vidrio naturales cuando salía a la calle. Manejaba él mismo un Fiat 124 blanco pero su licencia de conductor era falsa y figuraba con un nombre supuesto.

El problema era que ambos teníamos la obligación de andar armados. En cierta ocasión de los últimos meses, cuando la persecución se había vuelto más dura, Miguel y yo nos encontramos de pronto en pleno centro de Santiago con una barrera militar que filtraba a los transeúntes. La documentació;n que llevábamos hubiera pasado, pero las armas no. Nos preparamos porque entonces sólo había dos caminos, o lográbamos pasar o nos abríamos paso a tiros; no había otro remedio.

De pronto, por instinto, ambos tuvimos la misma reacción, le hicimos un gesto amable a los milicos, los saludamos como amigos, como sus partidarios, y así pasamos sin ser molestados a través de cinco automóviles y no sé cuántas furgonetas de pacos con ametralladoras que respondían a nuestros saludos.

Cuando nos quedamos sin las niñas, el partido había resuelto que Miguel se sumergiera cada vez más, que no asumiera ninguna otra tarea de choque. Andrés Pascal, que ahora ha reemplazado a Miguel en la secretaría general del partido, sería el encargado de las tareas de choque para que Miguel se dedicara por completo a analizar informes y redactar documentos que eran necesarios. Es decir: su tarea principal era pensar, hacer las reflexiones del partido. Estudiaba profundamente la crítica económica mundial, la historia de América Latina, la situación real de Chile en el mundo. A veces permanecía tardes enteras absorto en la lectura de la Enciclopedia Británnica o gateando en el suelo sobre un enorme mapa del mundo.

Mientras tanto yo recogía en la calle materiales que nos enviaban los militantes con los informes de la base. Cuando regresaba con esos papeles era el momento de mayor tensión del día, porque uno abría aquellos maletines y ahí venía la realidad plasmada en papeles, venían las discusiones políticas de fondo, el pensamiento de la base.

Es raro, pero Miguel no hablaba nunca de la muerte, a pesar de que se sabía acechado por ella. Tenía un gran amor a la vida y sabía, como médico, que la buena salud y el estado físico eran fundamentales en la lucha revolucionaria. Por eso hacía todas las mañanas una hora completa de gimnasia, me obligaba a mi a hacerlo con é;l, después tomábamos un desayuno abundante. Le gustaba comer bien, sabía de buenos vinos y siempre tenía un rato libre para oír música en el tocadiscos destartalado. Le gustaba la música popular de América Latina, le gustaban los tangos y algunas cosas de Wagner, aunque en realidad sólo podía oír lo que teníamos, que era muy poco. Los amigos que entonces nos visitaban, comían con nosotros y a veces se quedaban a dormir, pero eran siempre hombres de la comisiín política del partido y las conversaciones eran de trabajo político.

De pronto, sin ningún anuncio, Miguel me habló una noche de la muerte, quince días antes de que lo mataran. Es curioso, porque yo misma no sabía qué pensaba. Aquella noche supe que Miguel no le temía a la muerte, pero estaba decidido a no salir a buscarla: estaba contra los sacrificios inúiles. Es bueno que esto quede muy claro: Miguel Enríquez no quería morirse como se murió a los treinta años, quería luchar para ganar, no para perder, sabía lo que quería hacer, lo que quería realizar al final y estaba convencido de que su tarea era mucho más importante después del triunfo. Tenía conciencia de ser un dirigente de izquierda con capacidad intelectual, y todos éramos conscientes de eso. Y por eso sentía que su deber era estar vivo.

El combate en que mataron a Miguel fue el Sábado 5 de Octubre de 1974. Desde hacía varias semanas sabíamos que algo había pasado, algo que no veíamos con claridad, pero que nos obligaba a cambiar de casa inmediatamente. Los golpes certeros que la dictadura estaba asestando a nuestra militancia demostraban que tenían pistas, que nos habían agarrado hilos muy seguros; tal vez que alguien había hablado. En vista de eso, yo ubiqué una casita chiquita de dos piezas, pero con una parcela que la hacía menos sospechosa, con muchos árboles frutales, con gallinas, escondida en una zona muy calmada donde hubiéramos podido vivir mucho tiempo sin ser descubiertos. Sin embargo, una serie de contratiempos imprevistos nos hicieron perder un tiempo precioso. La persona que debía comprar la casa a nombre nuestro la ubiqué yo a través de un enlace que cayó; el jueves 3. El viernes no pude encontrar nada bueno. El sábado salí otra vez y dejé a Miguel trabajando en casa con otros compañeros del partido.

No encontré nada en la mañana, y de regreso me detuve en la tienda de la equina a comprar cosas de comer. A la una, cuando entraba a la casa cargada de paquetes, encontré a Miguel con la camisa celeste, chaleco beige y los lentes que sólo usaba para salir a la calle. «Tenemos que irnos enseguida», me dijo, con calma pero con firmeza. Y me explicó que habían pasado frente a la casa, muy despacio, dos automóviles que sin duda eran de la DINA. Nuestras sospechas de que el escondite había sido descubierto empezaban a confirmarse y no podíamos perder un segundo.

Todo estaba listo para escapar, el automóvil encendido en el garaje con todas nuestras cosas dentro, salvo dos maletines de papeles que seguían en el dormitorio. En la casa estaban dos compañeros más: Humberto Sotomayor y el Coño Molina (asesinado pocos dí;as después en las calles de Santiago por la policía). Nos dirigíamos al garaje, cuando uno de ellos se asomó por a la ventana y gritó: «Ahí vienen de nuevo». Sólo entonces nos dimos cuenta de que se nos venían encima, tanto que apenas si tuvimos tiempo de tomar nuestras armas, cuando una ráfaga de metralleta barrió el frente de la sala. Miguel, con la Naca que tuvo siempre al lado de la cama, respondió al fuego desde una ventana de la sala. Los otros dos disparaba desde posiciones móviles. Yo disparaba desde el cuarto, con una metralleta Scorpio, muy chiquita. Mi formación era teórica, de modo que el propio ruido de mi arma me produjo una sorpresa muy grande, y disparaba hacia la calle sin ver a nadie, como si estuviéramos peleando contra un enemigo feroz pero invisible. De pronto, como a los diez minutos de fuego intenso, el tiroteo cesó, y Miguel me hizo una seña urgente desde la puerta para que escapáramos por el patio. Yo agarré entonces uno de los maletines, el que tenía los documentos recibidos el día anterior y que yo estaba obligada a proteger, y en ese momento sentí una explosión y un golpe de muerte y sentí el brazo derecho desgarrado y lo vi colgando sin sentirlo movié;ndose solo y bañado en sangre. Una granada lanzada desde la calle había estallado en la sala y sus esquirlas me destrozaron el brazo y me hirieron por todo el cuerpo, pero en el instante de caer al suelo yo no sentía dolor ni miedo sino la sensación nítida de que ya estaba muerta. Molina pasó junto a mí, siempre disparando hacia la puerta de la calle, y me dijo: «Te tocaron», o algo así. Traté de incorporarme, sin lograrlo y entonces vi a Miguel tirado en el suelo del pasadizo que separaba la casa del garaje, y estaba de espaldas, con la ametralladora en la mano y una mancha de sangre en los pómulos, en ambos lados, pero más en el izquierdo. Tenía los ojos vivos, me miraba todo el tiempo y respiraba con dificultad. Verlo en aquel estado fue algo tan terrible para mí que perdí; el conocimiento.

En aquella laguna me fue imposible saber qué sucedió con Molina y Sotomayor. Pero cuando recobré el conocimiento tuve bastante lucidez para darme cuenta de inmediato que las únicas personas que quedaban dentro de la casa éramos Miguel y yo. No conseguía levantarme, pero lo vi parapetado en un muro del garaje, todaví;a disparando hacia la calle con mucha serenidad. El último recuerdo que tengo de él, antes de perder la consciencia por segunda vez, es el de su rostro inclinado sobre mí, como en cuclillas, diciéndome algo que no pude entender.

No sé cuánto tiempo había transcurrido cuando volví a despertar, pero el propio gobierno fascista ha dicho que el combate con Miguel duró casi dos horas. Lo primero que me sorprendió fue el silencio absoluto de la casa vacía. No me dolía nada y aunque no podía incorporarme tenía la rara certidumbre de que no iba a morir. Tanto, que cuando los dos primeros policías echaron abajo la puerta de la calle y entraron corriendo en la casa silenciosa sentí una mezcla de terror y de alivio y me dije: «Mierda, me van a sacar de aquí, y a lo mejor sigo viva», y entonces uno de ellos se me tiró encima y me plantó un puñetazo en la cara y me rompió un diente y me gritó: «Tú eres la Jimena, concha de tu madre, que hacías aquí metida». Pero el otro le ordenó que me dejara quieta. «Esta mujer está embarazada -le gritó- Sáquenla de aquí.» Me acuerdo que entonces me arrastraron hasta la calle, dando órdenes contradictorias de que trajeran una ambulancia, de que no, de que sí la traigan. Había una muchedumbre en los extremos de la calle, había muchos automóviles de la policía, mucho ruidos de sirenas y seguían disparando hacia la casa, lo que me hizo pensar que Miguel estaba vivo y seguía resistiendo.

Cuando por fin me subieron a una ambulancia, sentía una prisa irracional de que llegaran pronto a alguna parte. Sin embargo, los dos policías que se subieron conmigo no lograban ponerse de acuerdo sobre mi destino: uno quería llevarme a la cárcel, el otro al hospital. Este último se impuso, y la visión de los médicos y las enfermeras fue para mí como un nuevo soplo de vida: mi única preocupación desde entonces fue conseguir que alguien sacara la noticia de que yo estaba viva, pues teníamos la experiencia de otros compañeros a quienes los militares los declararon muertos mucho antes de que se les murieran en las salas de tortura. De modo que en la primera fracción de segundo en que me quedé sola con una enfermera que me estaba haciendo una transfusión de sangre, le dije que rá;pidamente: «Avísele a mi tío Jaime Castillo», y le di el número del teléfono. Ella lo hizo, y con esa llamada me salvó la vida. La noticia desencadenó en el mundo entero un movimiento de solidaridad cuya presión terminó por vencer a la Junta Militar. Sin embargo, en aquellos largos días del hospital yo no sabía que tantos amigos conocidos se ocupaban de mi suerte. Al cabo de incontables horas de interrogatorios, de disputas entre los esbirros que trataban de sacarme informaciones por la fuerza y los médicos que cuidaban de mi salud; después de una operación difícil para tratar de rehabilitarme el brazo que todavía tengo inútil; después de la noticia terrible de la muerte de Miguel que me comunicaron en el hospital y la ansiedad por la suerte de su hijo que empezaba a moverse en mi vientre, después de tantas noches de soledad y horror, vino un coronel que me hizo firmar muchos papeles, me llevó al aeropuerto temblando de furia, y me subió en un avión sin decir siquiera para dónde iba. Ya en pleno vuelo me dijo alguien que veníamos para acá, para Londres.

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ALGUNOS TITULARES http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/01/04/titulares-del-the-clinic 2006-01-04T20:19:13+00:00 http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/01/04/titulares-del-the-clinic#comentarios HABLA LA HIJA DE VÍCTOR JARA http://jaimepinto.espacioblog.com/post/2006/01/03/habla-hija-victor-jara 2006-01-03T22:42:44+00:00 Te recuerdo Amanda

Como con una coraza, amanda Jara se alejó del mundo para evitar las presiones y las etiquetas. En la caleta donde se refugió y se enamoró de un pescador, con el que vive hace 15 años. Pero aquí muestra que esto no es idílico, sino duro como en todos lados. a regañadientes, abre la puerta de su casa y de su pena.
Debe ser complicado llamarse Amanda y ser la única hija de Víctor Jara. Porque si ya es difícil ser hija de famoso, de cualquier famoso, mucho más difícil todavía es cuando el famoso era un cantautor revolucionario cuyos cantos e himnos envolvieron la épica de la Unidad Popular, y a quien después del golpe militar le quebraron las manos en el Estadio Chile y lo mataron mientras lo obligaban a cantar.

Entonces, deja de ser un famoso y se transforma en un mártir, y luego en un héroe. Y su canto, muy especialmente el "Te recuerdo Amanda", se desliza por el mundo, amarrando con un hilo de oro la leyenda de Víctor Jara, y con él la del pueblo chileno acallado por la dictadura militar.

Entonces su hija, que en ese momento tenía 9 años y que vio cómo el dolor penetró por las puertas de una casa que recuerda tan alegre, se va exiliada a Londres con su madre inglesa, Joan Turner ­la única señora de Víctor Jara­ y su media hermana, Manuela Bunster. Allá se quedan 10 años, donde crecen, se incorporan en organizaciones de Derechos Humanos, aprenden un inglés como el de la Reina Isabel, terminan el colegio, y deciden volver a Chile en 1983, cuando Amanda iba a cumplir los 20 años.

Volvieron a su casa en Colón arriba, donde habían vivido, pero Amanda no logró adaptarse a Santiago. Estudió Comunicaciones y luego Bellas Artes, pero no terminó ninguna carrera. Trabajó como productora en cine y publicidad, ahorró unos pesos, y el día menos pensado se marchó a una caleta de pescadores, cerca de Valparaíso. Tiene varias razones para haber dejado Santiago, y deben ser ciertas. No resistió ni los favores ni los odios que suscitaba el hecho de ser hija de una leyenda. Era demasiado lo que se esperaba de ella en los mundos del Partido Comunista y de la oposición al régimen militar; y eran demasiado los prejuicios con que se la veía en los cócteles elegantes. Tuvo un gran amor que se frustró. Vivió en el límite, hasta que en 1990 se escondió en Quintay.

En un sitio de mil 500 metros que habían comprado con su madre frente a un roquerío y a la playa grande, se instaló a pintar y a trabajar la tierra.

Fue muy difícil encontrarla. Y más difícil que aceptara conversar. Pero cuando finalmente abre el portón de este sitio encaramado en el cerro, donde hay tres casitas de madera entre los árboles, plantas, flores, redes de pescadores colgando, perros amistosos que levantan polvo, un parrón desordenado, un auto viejo y una pequeña huerta, Amanda resulta ser una mujer acogedora y cálida. Tiene 40 años que no representa, y tiene la piel curtida por el sol. Es una campesina, joven y ágil, con manos duras y dedos cortos. No es alta, y parece ser fuerte. Es cierto lo que escribe su madre en el libro sobre su marido que también recorrió el mundo, "tiene la misma sonrisa de Víctor". Pero tiene un colorido más rubio, en los ojos verdosos y en el pelo castaño.

En una de las casitas de madera, Amanda vive con Nego, un pescador nacido allí. Él está en la terraza que mira a la playa grande, cosiendo su traje de buzo. Saluda con placidez, sin euforia. Habla poco, tiene 39 años y cursó hasta sexto básico. Ella inunda la casa con opiniones y atenciones. Muele café y lo sirve en tazones pequeños. Unas jaibas recién sacadas por Nego esperan para la cena.

­Nada está muy limpio aquí, porque el aseo lo hago yo y hay mucha tierra.

Se ríe de sí misma con facilidad. Nos sentamos en una mesa debajo del parrón y volvemos atrás en el tiempo.

­En Londres, desde 1973, mi mamá se reinventó. Yo no, porque no estaba muy inventada. A los 9 años uno tiene mucho que absorber. Pero mi mamá era bailarina, con gran vocación de profesora de danza, y tuvo que dejarlo todo y cambiar, y ser vocera de una causa. Lo que pasa es que somos hartos... Porque hay muchos Víctor, hay muchas personas detrás de todos los que asesinaron. Los hijos, los nietos, los primos, los padres... Mucha gente se tenía que armar. Lo digo en el sentido figurativo, porque era poder expresar esta injusticia, armarse frente a las cosas que nos sucedían. A nosotros nos pasó algo bastante brutal, por eso había que hacer un gesto, de corazón, de alma, de todo, para poder seguir adelante no más. Uno no se podía quedar sentada en los laureles, en ese tiempo. Ahora, con los años sí me he quedado sentada en los laureles... (Se ríe.)

Desde muy chica aprendí que hay que saber defenderse de las agresiones diarias que nos da la vida. Allá, mi mamá era la que iba a los distintos lugares; nosotros con mi hermana andábamos detrás.

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